Despiértame cuando se esconda la luna – Parte IV: Ningún dolor es más fuerte que tu ausencia.

Pasaron los días y yo seguía sin poder salir del estado en el que me encontraba. Podía escuchar a las enfermeras y doctores entrar y salir de la sala, siempre dando los mismos comentarios “sigue igual”. Al octavo día de mi inútil estado escuché el comentario de un doctor, que de haber estado en óptimas condiciones, me hubiera hecho tener un ataque de risa.

- ¿Ha tenido alguna reacción? – preguntó el doctor a la enfermera encargada de velar por mi bienestar.

- Si, ha tenido leves movimientos. Ha logrado salir del estado crítico en el cual se encontraba al cuarto día, pero, es como que si el mismo no quisiera salir de donde se encuentra.

- Claro, para salir de ese estado tiene que luchar. Esperemos que encuentre la fuerza para hacerlo y salir del esto, de lo contrario tendrá usted que prepararse para darle la noticia a su madre.

¿Luchar? Perdían el tiempo en esperanzarse de que yo podría luchar, sin razones, motivos y esperanzas, ¿para que luchar?

Pasaron, lastimosamente, tres días más para que saliera del estado de coma en cual me encontraba. Abrí los ojos, pero no sentía la fuerza necesaria para mantenerlos abiertos por mucho tiempo por lo que dormí durante dos horas más.

Pasaban los días y yo inerte en la misma cama, la misma sala de ese hospital. Mi madre y mis amigos llegaban todas las tardes a la hora de la visita durante 45 días, trataban de animarme pero cuando les preguntaba por Beatriz preferían cambiarme el tema o salir de la habitación. Y así era día tras otro, hasta cumplir 60 días en el hospital y lograr que me dieran de alta.

Llegué a mi casa donde recibía todos los cuidados y atenciones que mi madre me brindaba. Y de esa manera, pasaban las horas, días y en la casa siempre habían visitas, los compañeros de estudios, del trabajo, amigas de mi madre que siempre estuvieron a la expectativa de todo lo que sucedía, amigos de mi infancia, en fin nunca permanecía solo y eso me hacía sentir cansado. Siempre tenía todo tipo de visitas, hasta el sacerdote de la parroquia llegó en su oportunidad, prácticamente todo el pueblo menos una persona, Beatriz. Todas esas visitas no tenían ni un sentido si ella no aparecía. ¿Dónde se encuentra? ¿Qué hará? ¿Qué pensara? El simple hecho de querer saber de ella se apoderaban de mis pensamientos pero nadie decía nada, preguntaba pero nadie sabía, ¿Cómo era posible que haya desaparecido como una aguja en un pajar? Era imposible contemplar la idea de que nadie supiera de su paradero.

Al parecer no solo había desaparecido de mi vida si no también de la vida de las demás personas y completamente del pueblo. A medida que iba recuperándome buscaba a sus amigas para saber en dónde podría estar, pero como era de esperarlo nadie tenía información. No podría esconderse en un pueblo tan pequeño como este, eso era cien por ciento seguro, pero, si no estaba en el pueblo seguramente si se habría largado hacia otro lugar ¿A dónde? Esa era la pregunta más importante para mí y era la pregunta que seguiría sin respuesta.

Pasaban los días, uno tras otro convirtiéndose en una tediosa rutina. Vivir sin ganas de hacerlo es como tomar un purgante para el sida y saber que nunca podrá sanar. Cada día era el mismo, nada cambiaba mucho menos las ganas de querer vivir. Todo eso se había esfumado la tarde del 30 de noviembre. Mi madre preocupada por mí trataba mil cosas para levantarme el ánimo y devolverme las ganas de seguir adelante sin embargo nada lograba cambiar dentro de mí. Mi cuerpo era solamente el empaque de un alma muerta y un corazón partido en mil pedazos que no deseaba regenerar. Mi madre cansada al fin de tanta depresión, llevo al sacerdote de la iglesia para conversar conmigo.

Una depresión se apoderaba de mi ser, ya había pasado bastante tiempo desde mi accidente y desde que ella se había largado. Mi madre cansada y mis amigos artos de mi actitud se alejaban de mi. Debía de hacer algo si no quería perderlo todo, ya había perdido una parte muy importante de mi y perderlo todo sería devastador.

Despiértame cuando se esconda la luna – Parte III: ¡Mujer! Allí tirado tienes a tu hijo

- ¡Abran espacio, aún está con vida!

- ¡Llévenlo al quirófano, necesitamos operarlo!

Inconsciente, incapaz de mover un solo dedo de mi cuerpo me encontraba en una camilla. No sabía lo que pasaba y eran raras las cosas que lograba captar de mi alrededor.

- ¡Se nos va!

- ¡Resista joven! ¡Por favor, resista!

¿Resistir a qué? Todo estaba perdido para mí. Si Dios era tan bueno y generoso, ¿Por qué no me llevaba con él? Morir, eso sería una bendición para mí.

- ¡Apártense daremos otra descarga! 1, 2 y ¡3! 1, 2 y ¡3!

- ¡No responde doctor, ¿Qué haremos?!

- Lo intentaremos de nuevo… 1, 2 y ¡3! ¿Hay alguna señal de vida?

- Es imposible doctor, es como si el paciente no quisiera responder.

¡Por favor no sigan! Déjenme ir, déjenme morir en paz. No necesito esta vida, no sabría vivirla ahora que no hay razones para luchar. Por favor, no sigan. ¡Déjenme ir con Dios!

- ¡La última! 1, 2 y, y… ¡3!

¡Por favor no sigan!

- ¡Ha dado señales de vida doctor! ¡Los latidos empiezan a responder!

Sentía los latidos de un corazón débil y para el amor, muerto. Si hubiera sido capaz de tan solo pronunciar algunas palabras, les hubiera suplicado a los doctores que me dejaran morir. Luchar, pelear, intentar, palabras que para mí no tenían sentido alguno, incluso, habían desaparecido de mi vocabulario. Sentía un ambiente agitado alrededor mío. Por ratos, percibía algunas palabras y por otros solo lograba sentir el movimiento que en mi rededor.

- ¿Cómo está el electroencefalograma?

- El cerebro se encuentra bien, pero la resonancia magnética de la columna no salió como lo esperábamos.

- ¿El paciente está aún en coma?

- Si Doctor, aún está en coma. ¿Desea que le de los resultados de la resonancia?

- Si, por favor.

- La resonancia indica que el paciente padece de espalda bífida, el accidente hizo que la misma sufriera una dislocación severa. Esperemos que la misma regrese a su lugar, de lo contrario no podrá caminar nunca más, la espina dorsal se ha desviado y puede ser que el sistema nervioso del mismo pueda sufrir daños, y, en el peor de los casos puede quedar en coma para siempre.  Además se ha roto algunas costillas, necesitará una operación antes de que una de estas le pueda dañar algún pulmón.

¿En coma? ¡O en el peor de los casos invalido! No podría ser cierto que los doctores se equivocaran. ¿Por qué no se cumplían mi deseo de dejar esta estúpida vida? Ya no tengo nada, nada por que pelear y nadie a quien amar. Ella se fue junto con el sol en aquel maldito atardecer. ¿Por qué no morir si estoy en esta cama sin poder moverme, sin poder hablar y mucho menos gritarle al mundo que no quiero vivir? Mis ánimos están por el suelo, mis ganas de luchar se han ido de mí hacia otro lugar, estoy en este hospital solo con la peor compañía que alguien pueda tener, yo mismo.

Los doctores salieron de la sala, las enfermeras llevaron mi camilla hacía otra sala en la cual aparentemente estaría descansando. Llegando a la sala en la cual iba a estar sentí un pequeño crujido en mi pecho, “una de mis costillas rotas” pensé. El dolor era intenso, pero más intenso era el dolor de esta incapacidad, de esta soledad y esta depresión que se estaba apoderando completamente de mí. Escuché una voz y un llanto conocido, era mi madre quien había entrado a la sala en la cual estaba.

- ¡Gracias al cielo estas bien hijo!

¿El cielo? ¿Acaso existe tal lugar? En mi vida y mis pensamientos lo único existente era el infierno en el cual ya me encontraba. Mi madre hizo una pregunta a las enfermeras.

- ¿Se mejorará?

- Señora, en primer lugar sepa que su hijo no está solo, inclusive, a la hora del accidente alguien hizo que el auto no haya caído en picada en el precipicio. Los bomberos hicieron una gran labor al lograr rescatar a su hijo. Es un milagro que a la velocidad que él conducía el árbol no haya caído en la colisión, y que su hijo aún esté con vida es otro milagro. Alguien haya arriba lo ama demasiado y quiere darle otra oportunidad. Los dejaré a solas en lo que entra el médico para que le especifique los daños sufridos. Puede hablarle pero tenga en cuenta que no podrá contestarle.

Sentí una mezcla de tristeza y agradecimiento en la voz de mi madre que me decía cuanto me amaba. En mi mano derecha sentía sus besos y las lágrimas que derramaba. Se me había olvidado que existía alguien en mi vida. Mi padre había muerto cuando tenía 6 años. Era una fría noche de enero, él y mi madre habían salido a cenar por su aniversario de bodas. Al salir del restaurante caminaron por un vacío y obscuro callejón. Dos drogadictos se les acercaron pidiéndoles unas monedas, mi padre sacó una moneda para cada uno, uno de los tipos vio el collar que esa noche mi padre le obsequió a mi madre “Es un bonito collar. Y hacen juego con sus hermosos senos” dijo uno de los tipos “Señor le pido más respeto, ya les di unas monedas. ¡Por favor lárguense y déjennos ir en paz!” les dijo mi padre mientras que el tipo que había hecho el comentario agarró con sus dos sucias manos los senos de mi madre. Mi padre no soportó la falta de respeto y le propinó un puñetazo al drogadicto. Mi madre me resumía siempre la historia con que se armó una gran pelea, cuando el otro drogadicto sacó una navaja y la incrustó en el pecho de mi padre quitándole la vida. Ella había pasado toda su vida echándose la culpa de la muerte de mi padre, era un gran dolor con el que había cargado ya 20 años de su vida. Desde ese momento mi madre comenzó a luchar sola por mí, prometiéndole como una muestra de amor al alma de mi padre, que siempre iba a estar solamente para el y para mí.

La vida no había sido del todo justa para mi ya que vivir la mayor parte de ella sin mi padre había sido un gran golpe donde el vacío no se pudo llenar. Necesitaba un modelo paterno para poder enfrentarla, y este, lo encontré en cuanto pasaban los años. Primero lo hallé en mi tío Leonardo, hermano de mi madre. Luego del suceso de mi padre el se encargó de nosotros dos como de su propia familia. Se había convertido para mí en más que mi tío, el llegó para situarse en mi vida como mi mejor amigo, mi compañero, mi hermano y mi segundo padre. Fue un golpe muy duro para nosotros dos el que se haya ido lejos y más duro aún saber que desapareció. El decidió ir a probar suerte al “país de los sueños” como lo llamaba el. Salió despidiéndose en una fría madrugada junto con una mochila para los Estados Unidos. Cada semana escribía y llamaba al teléfono comunitario del pueblo siempre el mismo día y a la misma hora para saber como estábamos y contarnos sobre su travesía sobre su paso por México. Lo último que logró decirnos fue que había llegado a Ciudad Juárez en donde le habían ofrecido un trabajo en el cual ganaría mucho dinero, mi madre le preguntó sobre que era el trabajo y el le confirmaba que no era nada extraño que únicamente tenía que pasar unos paquetes al otro lado de la frontera. Contaba que las personas que le habían ofrecido dicha “chamba”, como le llamaba el, le habían prometido legalizarlo ante aquel deseado país. Recuerdo que mi madre le rogó que no lo aceptara porque no se sabía si pudiera tratarse de mafia o narcotráfico. Esa fue la última vez que tuvimos noticias de él.

Era difícil el simple hecho saber que no contaba con un hombre que me enseñara a caminar por la vida. Veía a mis amigos y compañeros de estudios siempre de la mano con sus padres quienes jugaban futbol con ellos y paseaban por el parque. Mi madre se encargó de los próximos años a ser un ejemplo paternal para mi, pues era quien con todo esfuerzo pagaba mis estudios, me vestía y me daba de comer. Éramos una familia feliz, solo ella y yo.

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