Sentado esperando a que llegara media noche. Platicábamos sobre los planes de nuestras vidas. Mis mejores amigos, mi novia y yo, a orillas de la piscina brindábamos con vodka por las vísperas de mi cumpleaños. Eran las 23:30 hrs y solamente estaba a 30 minutos de cumplir 22 años.
- Esta noche de seguro no la olvidarás – dijo mi novia al oído – Te prometo que esta noche, tu noche, sabrás que es el amor.
- No lo dudo – le respondí con voz baja – que este será el mejor cumpleaños.
Eran exactamente las 00:00 de un 8 noviembre cuando mi mejor amigo se levantó y me empujó a la piscina.
- Bienvenido a los 22 maldito maricón. Esta será la mejor etapa de tu vida. – dijo entre carcajadas.
Mis demás amigos salieron de la piscina junto a mí para felicitarme. Me sentía afortunado de tener amigos como ellos. Mi novia me dio un profundo y apasionado beso y me llevó hasta la sala del hotel. Atrás la voz de mi mejor amigo diciendo.
- Hey, esperen. Entiendo que tienen prisa par de pícaros, pero necesito entregarte algo.
- ¿A mí? – le pregunte incrédulamente.
- Ni modo que al guardia. Miriam puedes adelantarte por favor. – le sugirió a mi novia – hey, tendrás una gran noche lo sé. Jaja siempre pensé que eras un simple maricón.
- No empieces Eduardo o no saldrás vivo de aca – el me sonrió.
- Toma, esto te alcazará toda la noche. – Dijo entregándome un polvo encerrado en un recipiente plástico en forma de un colmillo. Tenía forma como los colmillos de los vampiros que salen en la televisión.
- ¿Que es eso? ¿Para que me servirá?
- No preguntes tanto, solo inhálalo por la nariz y te juro, por mi madre, que mañana esa zorra te amará por el resto de su vida.
- Estás loco en serio. Lo haré a mi manera, sabes que yo solo lo puedo hacer.
- Hummm… bueno, quédate con él por si lo llegaras a necesitar. Vienes protegido verdad.
- Si, no soy tan estúpido en esto.
- Bueno, suerte, y… sabes lo demás.
- Gracias amigo – dije y el regresó a la piscina.
Me dirigí hasta la habitación en donde me esperaba mi novia. Me acerqué a la cama y ella me llevó hasta su lado con un simple jalón. Acaricié todo su cuerpo, seduciéndola para que nuestra noche fuera la mejor. Desabroché su traje de baño y nuestros cuerpos quedaron completamente desnudos complementándose uno con otro. Le besé el cuello y amé cada gemido que ella me entregaba. Hicimos el amor como los dos amantes que éramos. Esa noche no estuvo llena de amor, solamente de pasión.
Eran las 8:00 am y habíamos tenido sexo como dos desquiciados. Dormimos poco y estábamos exhaustos. Un ruido y un mal sentimiento hizo levantarme de la cama, mi estomago hacía ruido a causa del hambre. Salí de mi habitación y me dirigí hacia el comedor del hotel. Vi el menú de desayunos pero nada me llamaba la atención, dentro de mí había deseos de comer algo muy grasoso. Baje las escaleras del hotel sin ganas de salir. Por un segundo pasó por mi mente regresarme a la habitación y descansar un poco, había un presentimiento no muy bueno dentro de mí en cuanto a la salida. Sonó mi celular, era Miriam.
- Si cielo – contesté.
- Me acabo de despertar y me hace falta tenerte a mi lado. ¿Dónde andas?
- Voy en busca de desayuno. ¿Deseas algo de comer?
- Lo único que deseo es tenerte a mi lado. Por favor, no tardes.
- Si. Ya estoy de regreso. Un beso.
Colgué y seguí mi rumbo sin saber dónde ir. Salí del hotel y encontré una camioneta con vidrios polarizados a la salida del hotel. Sin duda alguna era una Discovery Land Rover.
- Como equivocarme si me encanta ese carro. – exclamé en voz alta.
Caminé sin preocupación alguna. Saqué mi Ipod para escuchar música. De pronto un indigente se acercó para pedirme una moneda. Saqué una de Ç0.50 y se la entregué. Di dos pasos y me volvió a parar.
- ¿Me vas a regalar nada más esto?
- Es todo lo que tengo – respondí al indigente.
- Maldito agarrado… ¡Dame tu celular!
De su chaqueta sacó un tipo de pistola, sin equivocarme era un 9 mm Luger. Las conocía porque escuchaba las conversaciones de los guardias de la familia de mi mejor amigo. Mi cuerpo se congeló en ese momento. Nunca había sido víctima de un asalto, tenía miedo, mucho miedo. Saqué el celular sin pensarlo demasiado. De pronto la Discovery que estaba en la entrada del hotel aceleró hasta donde me encontraba. Se estacionó frente a mí y mi corazón comenzó a latir más de prisa. Quise encontrar una esperanza al ver dicho carro, pero el pánico de apoderaba de todo mi ser. Se bajaron 2 tipos con lentes oscuros, uno me arrojó al piso y el otro me cargo dentro del carro. El pánico era tanto que no pude gritar. Uno de mis agresores me puso un trapo mal oliente en la nariz haciendo que todo mi cuerpo no pudiera responder.
Reaccioné y solo sentía una venda oscura tapando mis ojos. Lo que percibía era que estaba encerrado en un cuarto frío y mal oliente. Escuchaba carcajadas y botellas vacías al caer en el suelo. Escuché a uno de ellos decir.
- Nuestro dinero ha reaccionado. Jajaja, maldito ignorante. No sabe lo que le espera.
- Llévale algo de tomar. – dijo el otro tipo - Recuerda que tiene que poder hablar cuando llamemos a su estúpida familia.
Todo, absolutamente todo, tenía mala pinta. Mi vida comenzaba a tornarse en una estúpida pesadilla. ¿Qué costaba haberme quedado en el maldito hotel? ¿Por qué carajos tenía que salir a buscar comida? Sentía deseos de llorar, de gritar pero, otro trapo mal oliente tapaba mi boca. Busqué dentro de mí la razón por la cual estaba encerrado en ese cuarto. No podía hablar, no podía gritar, no podía hacer ni mierda que yo considerara bueno. Uno de los tipos se acercó a mí y me pegó una bofetada.
- ¿Qué tan imbécil fuiste para caer en un maldito juego? – preguntó uno de mis mal hechores.
- Déjalo. – Exigió el otro – O el jefe no nos dará una buena paga por este inútil.
Mi corazón latía de una manera desconocida para mí. Era tan triste estar cegado por una maldita venda que no me dejaba ver mi realidad. Lo único que podía percibir era un asqueroso olor a acetona mezclado con cerveza y cenizas. No sabía cómo podría terminar este martirio que llenaba mi cabeza de pensamientos absurdos y deprimentes. Estaba solo, sin nadie que pudiera rescatarme de ese terrible infierno que pintaba a nunca tener un fin. Mi corazón estaba desecho, mis sentimientos estaban cargados de ira, llanto y dolor. Apenas tenía, no sé, había perdido la noción del tiempo. No sabía si había estado por horas en ese lugar o peor aún, por días. Sonó un celular.
- Él paquete se encuentra en buenas condiciones – respondió uno de los tipos - Si desean probarlo antes haremos la llamada… No se preocupe si puede ser probado… Está bien no demoraremos mucho…
Presentía que se dirigían a mí como un paquete, un paquete por el cual exigirían una paga. Tenía en mente los momentos por los cuales estaría pasando mi familia, sin saber, si sus momentos eran tan amargos como los míos. En este infierno maldecía todas mis desgracias. Maldije el día en cual cumplía 22 años. Maldecía el momento en el que dejé a mi novia en la cama por ir en busca de comida. Maldecía mi vida, una vida que con todos los lujos me parecía absurda. Alguien se acercó a mí y me levantó de un jalón.
- ¡Maldito inútil! Tienes que levantarte.
Me llevó a un lugar más oscuro y húmedo. “¿Que hice para merecer esto?” Renegaba en mi interior.
Alguien sacó un teléfono y marcó un número… alguien contestó.
- Tenemos a su hijo, si desea volver a saber de su paradero necesitaremos millón y medio de colones, de lo contrario, olvídese de él.
Mi corazón dio vueltas al escuchar esas palabras. Salieron lágrimas de mis ojos, lágrimas que se consumían en la venda que me cegaba. Pasaron 2 horas o más desde la primera llamada, cuando escuche el timbre de un celular.
- Alo – contesto uno de los tipos - ¿usted cree que sea hora de dar el lugar para la entrega? – preguntó – De acuerdo, daré instrucciones ahora mismo.
El tipo volvió a marcar un número y al contestarle dijo:
- Dejarán el dinero en un basurero de la avenida Balboa. El basurero está a 200 mts del puente de la libertad. Su hijo aparecerá por la parte de atrás de los suburbios de Calidonia. Por ningún motivo se les ocurra llamar a la policía. A fuera de su casa los esperará un tipo en moto que los escoltará hasta el lugar de entrega. Si hay algún movimiento policiaco. ¡Su hijo muere! No juegue con su vida – el tipo que hablaba parecía nervioso – Su hijo esta bien si eso desea saber. ¡Musaraña! – dijo dirigiéndose al otro tipo - Quítale la mordaza y déjalo hablar.
El otro tipo se acercó a mí, me quitó la venda y me propino una bofetada para reaccionar. Llevaron el teléfono hasta mi oído y escuché la voz de mi madre quien lloraba. Volvieron a brotar lágrimas de mis ojos y al mismo tiempo se hizo un nudo en mi garganta. Di un profundo respiro y tomé valor para hablarle sin saber que esa podría ser la última vez que escuchara su voz.
- Madre, estoy bien – dije y me sorprendió de que mi voz no se entrecortara.
- Hijo, hicimos todo lo posible para que estés de vuelta con nosotros. Tu padre saldrá a hacer la entrega. Por favor, no olvides que te amo.
- No se preocupen por mí, mi vida no vale la satisfacción de unos malditos criminales.
- ¡Cállate hijo de puta! – dijo uno de los tipos propinándome esta vez un puñetazo. Por el teléfono solo escuche un grito el cual no logré definir de que trataba.
- Tienen 30 minutos para hacer la entrega, de lo contrario – el tipo calló por unos segundos – no volverá a ver el cuerpo de su hijo.
Supe que habían terminado la llamada por el sonido de las teclas del celular. Me regresaron al lugar en donde en un principio me encontraba, o por lo menos eso pensaba. Pasaron los minutos de los cuales cada segundo parecía una eternidad. Alguna vez escuché a alguien decir que los minutos antes de morir son los más largos de toda la vida, pero no sabía si ese era mi caso. Los segundos transcurrían y mi esperanza de salir de todo este infierno cada vez se hacía más pequeña. Escuchaba voces fuera del lugar en donde estaba. Llegué a reconocer una de ellas. Agradecí a los cielos porque esta vez no hayan dejado la venda en mi boca. La voz era irreconocible.
- ¡EDUARDO! – grité. Mi corazón latía con fuerza y mis esperanzas renacían de nuevo. Lloré, pero esta vez era de felicidad - ¡EDUARDO! – volví a gritar.
- ¡Maldito hijo de puta! ¡Me ha reconocido! NO PUEDE VIVIR!!!
¡¿QUE?!
¿Eduardo? No puede ser, no puede ser el uno de estas basuras. Lloré como imbécil a causa de la traición. Era mi mejor amigo, no tenía razones para hacerme esto. De pronto escuche pasos acelerados hasta donde me encontraba. Escuché como cargaban una pistola. Al oído me dijeron:
- Toda mi vida te odié. Siempre fuiste mejor que yo en todo. Hasta acá llegó tu miserable vida. Adiós Mejor amigo.
Escuché una explosión y sentí como una bala traspasaba mi cráneo. Mi vida pasó en un instante ante mis ojos. Todo se había terminado.
40 años después.
- Así es como la envidia termina en traición. Le pasó al amigo de un amigo. La historia fue real niños, así que aprendan la lección.
- Fue una historia excelente abuelo
- Bueno, yo me tengo que ir se está entrando la tarde y a mis 62 años ya es difícil mantenerse despierto. Cuídense niños los veré otro día.
El anciano salió de la casa en la que se encontraba. Afuera, su chofer lo esperaba en su auto. Lo abordó, su chofer dirigiéndose a él le pregunta.
- ¿A dónde lo llevo?
- Vamos a casa, me siento cansado.
- Como usted mande Don Eduardo.