Despiértame cuando se esconda la luna – Parte V: ¿Ahora me traen a un hombre que también hace partes en mi historia? Parte II

El sacerdote después de un pequeño suspiro continuo:

“Como olvidar ese pequeño vestido rosa. He de aclararte para que no me tomes como pervertido que no era pequeño por el poco vestido si no por nuestros tamaños, apenas éramos unos adolecentes y yo ya estaba perdidamente enamorado de ella sin que me hablase. Pero ese día era un día especial. Al darnos el saludo de la paz sin querer tropezamos los dos, yo sin perder ni un segundo me levante deprisa para ayudarle a ella a levantarse; “Lo siento, ha sido culpa mía” le dije sonrojado, “Para nada creo que ha sido mía” dijo ella entre risas, (el sacerdote río al recordar tan bello momento para el). En ese instante sabía que algo bello iba a nacer.

Es muy interesante pensar en lo que el padre Dios te pone en el camino. Realmente ahora lo pienso y digo: ¿Cómo es posible que Dios, en su casa, haya hecho enamorarme de la única mujer en mi vida si me quería para ser un instrumento más en su reino? Es una pregunta que la respuesta solo el y yo la tendremos siempre. Pero bueno, siguiendo con esta pequeña historia.

Salimos y volvimos a encontrarnos fuera de la iglesia. ¿Tú eres el que vive a mi lado? ¡Que! ¿Estaba preguntándome algo? Pensé. La mente suele jugarte muy malas pasadas como esa porque era solo mi imaginación. Realmente no preguntaba nada, solo había una mirada profunda y lenta entre ella y yo. Ella dio el primer paso, sonrió, yo me quedé inerte preguntándome si era otra pasada de mi mente. ¿Y adivina? No lo era. Un “Hola” crudo y sin censura bastó para empezar la conversación. Yo parado sin creerlo (sonreía el sacerdote al contarlo) tardé un par de segundos en contestar. He de confesarte que sospecho que pensó que era un retardado por no contestar al instante. “Hola” dije yo y esta vez la pregunta salió de mis labios, “¿Eres tú la que vive al lado de mi casa? “ a lo que ella tan dulcemente contestó “Si, soy yo”. Ese es uno de los días que mejor recuerdo, claro, no fue una tan larga conversación ya que ella tenía que marcharse y yo también, con la única diferencia que ella iba en automóvil con sus padres y yo caminando, solo. A los pocos días la invité a un pequeño grupo de la iglesia a lo que ella aceptó. Sé que no hice muy bien en aferrarme de los mandatos de Dios para enamorar a una niña, pero era un pequeño e inocente que solo buscaba acercarse al amor de su vida.

Las cosas entre ella y yo iban haciéndose algo fuertes, habíamos avanzado mucho en una amistad buena y sana. Llegaba a jugar al patio de su casa, te confieso que algunas veces tuve que aceptar a jugar con muñecas, al fin y al cabo lo importante eran los momentos que juntos pasábamos. Poco a poco la amistad iba creciendo, pero increíblemente también crecían cosas con ese sentimiento. Llegaban momentos en los que no podíamos estar sin vernos, cuando ella iba de vacaciones con su familia, le echaba mucho de menos. Se que ella sentía lo mismo, lo sé porque lo confesó.

Pasaron los años, siempre juntos como dos grandes amigos. Ella partía, yo sufría. Ella regresaba y era mi alegría. Mi felicidad estaba junto a ella y la suya a mi lado. Paso mucho tiempo para darnos cuenta que éramos el uno para el otro.

Y como lo supondrás, llegó el día, 7 años depués. Ella sentada en una banca del parque leyendo, me gustaba verle leer. Yo llego de nuevo con un crudo y sin censura “Hola”, ella volteó y me regalo la más bella sonrisa. Ya todo estaba planificado, la tomé de la mano y me lleve a caminar por el bosque. Cada flor que encontraba en el camino iba cortándola y haciendo un ramo de diversos tipos de flores. Al llegar al centro del bosque, bajo de un arco hecho de guillas y ramas de los arboles de todo tipo, le declaré mi amor. Era el 8 de noviembre de ese año. Sufrí al ver su cara, tuve miedo a recibir un “no” como respuesta. Ella me vio tiernamente a los ojos y me dijo un bello y tierno “Si”. Mi corazón latía tan rápidamente que no pude controlarlo. Le tomé de la mano, acercamos nuestros rostros y con un beso fugaz empezó nuestro amorío.”

Los ojos del sacerdote se llenaron de lágrimas al recordar esa parte de su historia.  Empezaba a pensar que para él esa mujer había sido de gran valor en su vida y no solo eso, yo empezaba a identificarme con ese hombre.  Tontamente pensaba “Seguramente lo traicionó para tomar la decisión de volverse sacerdote”, tontamente pensaba eso. 

Este hombre que tenía delante de mí había sido alguien como yo.  Él también se había enamorado, nadie cuenta una historia con tanto sentimiento si no lo ha vivido.  Por fin en tanto tiempo empezaba a pensar que no era el único, aunque sabiendo que muchas personas más pasaban por algo como lo que yo había pasado, no dejaba de doler.

Se secó los ojos con su pañuelo y suspirando empezó de nuevo.

Su última voluntad

Asi fue

Despiértame cuando se esconda la luna – Parte IV: ¿Ahora me traen a un hombre que también hace partes en mi historia? Parte I

Mi madre apiadándose de mí llamó al sacerdote del pueblo para que le rogara a Dios por mi o para que pudiera recuperarme no solo física sino emocional y sentimentalmente. Antes de la charla con el sacerdote pensaba que nada importaba pero nunca me imagine que detrás de una persona con una sotana pudiera haber un gran hombre. Eran las tres de la tarde de un miércoles, el llegó a nuestra casa, toco la puerta y mi madre lo paso adelante.

- Hola Juan Pablo – saludó con una gran sonrisa que me ofendió verla - ¿Cómo ha ido tu proceso de recuperación? – preguntó a lo cual no respondí.

Hubo un silencio penetrante entre nosotros dos.  El sabía que no necesitaba hablar con nadie que tratara de hacerme ver la vida desde otra perspectiva.  Respiró profundamente y dijo.

- Aunque no lo creas, entiendo perfectamente tu dolor.

Su absurdo comentario me ofendió tanto que exaltándome y casi gritando dije:

- ¡El dolor físico talvez pueda entenderlo!  Aunque lo dudo.  No se ofenda, pero, ¿Cómo puede alguien que jamás se ha enamorado entender como me siento por dentro?  Lógicamente se ha enamorado de un Dios que se divierte quitándole lo más preciado a los seres humanos y que los trata a su gusto y antojo, pero jamás de una mujer de quien puede llegar hasta dar su vida por ella.  Por favor padre, no trate de levantar los ánimos de alguien que no quiere seguir adelante, pierde su tiempo.

- Te equivocas hijo – dijo entre suspiros – Un día me enamoré de una mujer, talvez igual o más de lo que te enamoraste de Beatriz – sentí una punzada en el estómago cuando menciono su nombre – no la he olvidado porque aún la recuerdo como el más bello momento que Dios me ha regalado.

- Y si no la ha olvidado, ¿Porque no se quedó con ella? Porque huyó a refugiarse en ese Dios que me ha arrebatado todo, ¿Porque? ¿Porqué?

- La verdad no está lejos de donde te lo imaginas.  Déjame contarte y entenderás lo que te digo.

El empezó su historia.

“Hace mucho tiempo, más del que puedas imaginar la conocí.  Éramos muy pequeños aún en ese entonces pero no logro olvidar sus ojos de niña la primera vez.  Ella llegó a vivir al lado de mi casa, teníamos 10 años. Su padre era coronel y los había llevado hasta este pueblo a ella y a su madre para resguardarlas de la guerrilla interna entre el ejército y los rebeldes. Esa tarde yo estaba jugando en la empedrada calle de nuestro pueblo cuando con sus maletas caminó hasta la abandonada casa en donde iban a vivir. La observé desde que delicadamente bajo su pequeño pie hasta que entró en la casa. Llevaba un vestido floreado y una cinta en el cabello, creo que fue la primera vez que sentí vergüenza por cómo me encontraba vestido, ya que tenía una pantalonetía muy sucia y una pelota de plástico. Estaba lleno de lodo porque la calle no era asfaltada y era tiempo de lluvia. Me quedé observando todo el movimiento por una hora, hasta que mi madre me llamó ese día. Luego, cada tarde regresaba con mi pelota y la pateaba cerca de su casa, yo la observaba por la ventana, ella siempre jugando con sus muñecas. Nunca salía de su casa y no me quedaba mas remedio que observarla por el mismo lugar todas las tardes. Así pasaron varios meses, ella siempre dentro de su hogar y yo repetía la misma rutina. Siempre tuve la esperanza de poder hablarle algún día, a pesar de que no se me daban las cosas muy bien con las chicas tomando en cuenta que aún era un niño. Por alguna extraña razón esa niña no era como las demás, a esa edad me daban asco pero ella no, ella hacía que dentro de mí naciera una curiosidad extraña, hasta que un día la vi en misa.”

El hizo una pausa y yo pensé lo siguiente: Ahora solo faltaba que me dijera algo relacionado con el Dios que venía a pintarme.  Pienso: ¡Que absurdo y ridículo se ve un sacerdote hablándome de mujeres!  Como si no supiéramos todos que se dedican a adorar a un hombre. Realmente no tenia idea de lo que por mi mente pasaba, sin duda alguna después de escuchar esa historia algo iba a cambiar, aunque en ese momento no tuviera la esperanza.

El prosiguió con su historia

Despiértame cuando se esconda la luna – Parte IV: Ningún dolor es más fuerte que tu ausencia.

Pasaron los días y yo seguía sin poder salir del estado en el que me encontraba. Podía escuchar a las enfermeras y doctores entrar y salir de la sala, siempre dando los mismos comentarios “sigue igual”. Al octavo día de mi inútil estado escuché el comentario de un doctor, que de haber estado en óptimas condiciones, me hubiera hecho tener un ataque de risa.

- ¿Ha tenido alguna reacción? – preguntó el doctor a la enfermera encargada de velar por mi bienestar.

- Si, ha tenido leves movimientos. Ha logrado salir del estado crítico en el cual se encontraba al cuarto día, pero, es como que si el mismo no quisiera salir de donde se encuentra.

- Claro, para salir de ese estado tiene que luchar. Esperemos que encuentre la fuerza para hacerlo y salir del esto, de lo contrario tendrá usted que prepararse para darle la noticia a su madre.

¿Luchar? Perdían el tiempo en esperanzarse de que yo podría luchar, sin razones, motivos y esperanzas, ¿para que luchar?

Pasaron, lastimosamente, tres días más para que saliera del estado de coma en cual me encontraba. Abrí los ojos, pero no sentía la fuerza necesaria para mantenerlos abiertos por mucho tiempo por lo que dormí durante dos horas más.

Pasaban los días y yo inerte en la misma cama, la misma sala de ese hospital. Mi madre y mis amigos llegaban todas las tardes a la hora de la visita durante 45 días, trataban de animarme pero cuando les preguntaba por Beatriz preferían cambiarme el tema o salir de la habitación. Y así era día tras otro, hasta cumplir 60 días en el hospital y lograr que me dieran de alta.

Llegué a mi casa donde recibía todos los cuidados y atenciones que mi madre me brindaba. Y de esa manera, pasaban las horas, días y en la casa siempre habían visitas, los compañeros de estudios, del trabajo, amigas de mi madre que siempre estuvieron a la expectativa de todo lo que sucedía, amigos de mi infancia, en fin nunca permanecía solo y eso me hacía sentir cansado. Siempre tenía todo tipo de visitas, hasta el sacerdote de la parroquia llegó en su oportunidad, prácticamente todo el pueblo menos una persona, Beatriz. Todas esas visitas no tenían ni un sentido si ella no aparecía. ¿Dónde se encuentra? ¿Qué hará? ¿Qué pensara? El simple hecho de querer saber de ella se apoderaban de mis pensamientos pero nadie decía nada, preguntaba pero nadie sabía, ¿Cómo era posible que haya desaparecido como una aguja en un pajar? Era imposible contemplar la idea de que nadie supiera de su paradero.

Al parecer no solo había desaparecido de mi vida si no también de la vida de las demás personas y completamente del pueblo. A medida que iba recuperándome buscaba a sus amigas para saber en dónde podría estar, pero como era de esperarlo nadie tenía información. No podría esconderse en un pueblo tan pequeño como este, eso era cien por ciento seguro, pero, si no estaba en el pueblo seguramente si se habría largado hacia otro lugar ¿A dónde? Esa era la pregunta más importante para mí y era la pregunta que seguiría sin respuesta.

Pasaban los días, uno tras otro convirtiéndose en una tediosa rutina. Vivir sin ganas de hacerlo es como tomar un purgante para el sida y saber que nunca podrá sanar. Cada día era el mismo, nada cambiaba mucho menos las ganas de querer vivir. Todo eso se había esfumado la tarde del 30 de noviembre. Mi madre preocupada por mí trataba mil cosas para levantarme el ánimo y devolverme las ganas de seguir adelante sin embargo nada lograba cambiar dentro de mí. Mi cuerpo era solamente el empaque de un alma muerta y un corazón partido en mil pedazos que no deseaba regenerar. Mi madre cansada al fin de tanta depresión, llevo al sacerdote de la iglesia para conversar conmigo.

Una depresión se apoderaba de mi ser, ya había pasado bastante tiempo desde mi accidente y desde que ella se había largado. Mi madre cansada y mis amigos artos de mi actitud se alejaban de mi. Debía de hacer algo si no quería perderlo todo, ya había perdido una parte muy importante de mi y perderlo todo sería devastador.

Despiértame cuando se esconda la luna – Parte III: ¡Mujer! Allí tirado tienes a tu hijo

- ¡Abran espacio, aún está con vida!

- ¡Llévenlo al quirófano, necesitamos operarlo!

Inconsciente, incapaz de mover un solo dedo de mi cuerpo me encontraba en una camilla. No sabía lo que pasaba y eran raras las cosas que lograba captar de mi alrededor.

- ¡Se nos va!

- ¡Resista joven! ¡Por favor, resista!

¿Resistir a qué? Todo estaba perdido para mí. Si Dios era tan bueno y generoso, ¿Por qué no me llevaba con él? Morir, eso sería una bendición para mí.

- ¡Apártense daremos otra descarga! 1, 2 y ¡3! 1, 2 y ¡3!

- ¡No responde doctor, ¿Qué haremos?!

- Lo intentaremos de nuevo… 1, 2 y ¡3! ¿Hay alguna señal de vida?

- Es imposible doctor, es como si el paciente no quisiera responder.

¡Por favor no sigan! Déjenme ir, déjenme morir en paz. No necesito esta vida, no sabría vivirla ahora que no hay razones para luchar. Por favor, no sigan. ¡Déjenme ir con Dios!

- ¡La última! 1, 2 y, y… ¡3!

¡Por favor no sigan!

- ¡Ha dado señales de vida doctor! ¡Los latidos empiezan a responder!

Sentía los latidos de un corazón débil y para el amor, muerto. Si hubiera sido capaz de tan solo pronunciar algunas palabras, les hubiera suplicado a los doctores que me dejaran morir. Luchar, pelear, intentar, palabras que para mí no tenían sentido alguno, incluso, habían desaparecido de mi vocabulario. Sentía un ambiente agitado alrededor mío. Por ratos, percibía algunas palabras y por otros solo lograba sentir el movimiento que en mi rededor.

- ¿Cómo está el electroencefalograma?

- El cerebro se encuentra bien, pero la resonancia magnética de la columna no salió como lo esperábamos.

- ¿El paciente está aún en coma?

- Si Doctor, aún está en coma. ¿Desea que le de los resultados de la resonancia?

- Si, por favor.

- La resonancia indica que el paciente padece de espalda bífida, el accidente hizo que la misma sufriera una dislocación severa. Esperemos que la misma regrese a su lugar, de lo contrario no podrá caminar nunca más, la espina dorsal se ha desviado y puede ser que el sistema nervioso del mismo pueda sufrir daños, y, en el peor de los casos puede quedar en coma para siempre.  Además se ha roto algunas costillas, necesitará una operación antes de que una de estas le pueda dañar algún pulmón.

¿En coma? ¡O en el peor de los casos invalido! No podría ser cierto que los doctores se equivocaran. ¿Por qué no se cumplían mi deseo de dejar esta estúpida vida? Ya no tengo nada, nada por que pelear y nadie a quien amar. Ella se fue junto con el sol en aquel maldito atardecer. ¿Por qué no morir si estoy en esta cama sin poder moverme, sin poder hablar y mucho menos gritarle al mundo que no quiero vivir? Mis ánimos están por el suelo, mis ganas de luchar se han ido de mí hacia otro lugar, estoy en este hospital solo con la peor compañía que alguien pueda tener, yo mismo.

Los doctores salieron de la sala, las enfermeras llevaron mi camilla hacía otra sala en la cual aparentemente estaría descansando. Llegando a la sala en la cual iba a estar sentí un pequeño crujido en mi pecho, “una de mis costillas rotas” pensé. El dolor era intenso, pero más intenso era el dolor de esta incapacidad, de esta soledad y esta depresión que se estaba apoderando completamente de mí. Escuché una voz y un llanto conocido, era mi madre quien había entrado a la sala en la cual estaba.

- ¡Gracias al cielo estas bien hijo!

¿El cielo? ¿Acaso existe tal lugar? En mi vida y mis pensamientos lo único existente era el infierno en el cual ya me encontraba. Mi madre hizo una pregunta a las enfermeras.

- ¿Se mejorará?

- Señora, en primer lugar sepa que su hijo no está solo, inclusive, a la hora del accidente alguien hizo que el auto no haya caído en picada en el precipicio. Los bomberos hicieron una gran labor al lograr rescatar a su hijo. Es un milagro que a la velocidad que él conducía el árbol no haya caído en la colisión, y que su hijo aún esté con vida es otro milagro. Alguien haya arriba lo ama demasiado y quiere darle otra oportunidad. Los dejaré a solas en lo que entra el médico para que le especifique los daños sufridos. Puede hablarle pero tenga en cuenta que no podrá contestarle.

Sentí una mezcla de tristeza y agradecimiento en la voz de mi madre que me decía cuanto me amaba. En mi mano derecha sentía sus besos y las lágrimas que derramaba. Se me había olvidado que existía alguien en mi vida. Mi padre había muerto cuando tenía 6 años. Era una fría noche de enero, él y mi madre habían salido a cenar por su aniversario de bodas. Al salir del restaurante caminaron por un vacío y obscuro callejón. Dos drogadictos se les acercaron pidiéndoles unas monedas, mi padre sacó una moneda para cada uno, uno de los tipos vio el collar que esa noche mi padre le obsequió a mi madre “Es un bonito collar. Y hacen juego con sus hermosos senos” dijo uno de los tipos “Señor le pido más respeto, ya les di unas monedas. ¡Por favor lárguense y déjennos ir en paz!” les dijo mi padre mientras que el tipo que había hecho el comentario agarró con sus dos sucias manos los senos de mi madre. Mi padre no soportó la falta de respeto y le propinó un puñetazo al drogadicto. Mi madre me resumía siempre la historia con que se armó una gran pelea, cuando el otro drogadicto sacó una navaja y la incrustó en el pecho de mi padre quitándole la vida. Ella había pasado toda su vida echándose la culpa de la muerte de mi padre, era un gran dolor con el que había cargado ya 20 años de su vida. Desde ese momento mi madre comenzó a luchar sola por mí, prometiéndole como una muestra de amor al alma de mi padre, que siempre iba a estar solamente para el y para mí.

La vida no había sido del todo justa para mi ya que vivir la mayor parte de ella sin mi padre había sido un gran golpe donde el vacío no se pudo llenar. Necesitaba un modelo paterno para poder enfrentarla, y este, lo encontré en cuanto pasaban los años. Primero lo hallé en mi tío Leonardo, hermano de mi madre. Luego del suceso de mi padre el se encargó de nosotros dos como de su propia familia. Se había convertido para mí en más que mi tío, el llegó para situarse en mi vida como mi mejor amigo, mi compañero, mi hermano y mi segundo padre. Fue un golpe muy duro para nosotros dos el que se haya ido lejos y más duro aún saber que desapareció. El decidió ir a probar suerte al “país de los sueños” como lo llamaba el. Salió despidiéndose en una fría madrugada junto con una mochila para los Estados Unidos. Cada semana escribía y llamaba al teléfono comunitario del pueblo siempre el mismo día y a la misma hora para saber como estábamos y contarnos sobre su travesía sobre su paso por México. Lo último que logró decirnos fue que había llegado a Ciudad Juárez en donde le habían ofrecido un trabajo en el cual ganaría mucho dinero, mi madre le preguntó sobre que era el trabajo y el le confirmaba que no era nada extraño que únicamente tenía que pasar unos paquetes al otro lado de la frontera. Contaba que las personas que le habían ofrecido dicha “chamba”, como le llamaba el, le habían prometido legalizarlo ante aquel deseado país. Recuerdo que mi madre le rogó que no lo aceptara porque no se sabía si pudiera tratarse de mafia o narcotráfico. Esa fue la última vez que tuvimos noticias de él.

Era difícil el simple hecho saber que no contaba con un hombre que me enseñara a caminar por la vida. Veía a mis amigos y compañeros de estudios siempre de la mano con sus padres quienes jugaban futbol con ellos y paseaban por el parque. Mi madre se encargó de los próximos años a ser un ejemplo paternal para mi, pues era quien con todo esfuerzo pagaba mis estudios, me vestía y me daba de comer. Éramos una familia feliz, solo ella y yo.

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