Despiértame cuando se esconda la luna – Parte IV: ¿Ahora me traen a un hombre que también hace partes en mi historia? Parte I

Mi madre apiadándose de mí llamó al sacerdote del pueblo para que le rogara a Dios por mi o para que pudiera recuperarme no solo física sino emocional y sentimentalmente. Antes de la charla con el sacerdote pensaba que nada importaba pero nunca me imagine que detrás de una persona con una sotana pudiera haber un gran hombre. Eran las tres de la tarde de un miércoles, el llegó a nuestra casa, toco la puerta y mi madre lo paso adelante.

- Hola Juan Pablo – saludó con una gran sonrisa que me ofendió verla - ¿Cómo ha ido tu proceso de recuperación? – preguntó a lo cual no respondí.

Hubo un silencio penetrante entre nosotros dos.  El sabía que no necesitaba hablar con nadie que tratara de hacerme ver la vida desde otra perspectiva.  Respiró profundamente y dijo.

- Aunque no lo creas, entiendo perfectamente tu dolor.

Su absurdo comentario me ofendió tanto que exaltándome y casi gritando dije:

- ¡El dolor físico talvez pueda entenderlo!  Aunque lo dudo.  No se ofenda, pero, ¿Cómo puede alguien que jamás se ha enamorado entender como me siento por dentro?  Lógicamente se ha enamorado de un Dios que se divierte quitándole lo más preciado a los seres humanos y que los trata a su gusto y antojo, pero jamás de una mujer de quien puede llegar hasta dar su vida por ella.  Por favor padre, no trate de levantar los ánimos de alguien que no quiere seguir adelante, pierde su tiempo.

- Te equivocas hijo – dijo entre suspiros – Un día me enamoré de una mujer, talvez igual o más de lo que te enamoraste de Beatriz – sentí una punzada en el estómago cuando menciono su nombre – no la he olvidado porque aún la recuerdo como el más bello momento que Dios me ha regalado.

- Y si no la ha olvidado, ¿Porque no se quedó con ella? Porque huyó a refugiarse en ese Dios que me ha arrebatado todo, ¿Porque? ¿Porqué?

- La verdad no está lejos de donde te lo imaginas.  Déjame contarte y entenderás lo que te digo.

El empezó su historia.

“Hace mucho tiempo, más del que puedas imaginar la conocí.  Éramos muy pequeños aún en ese entonces pero no logro olvidar sus ojos de niña la primera vez.  Ella llegó a vivir al lado de mi casa, teníamos 10 años. Su padre era coronel y los había llevado hasta este pueblo a ella y a su madre para resguardarlas de la guerrilla interna entre el ejército y los rebeldes. Esa tarde yo estaba jugando en la empedrada calle de nuestro pueblo cuando con sus maletas caminó hasta la abandonada casa en donde iban a vivir. La observé desde que delicadamente bajo su pequeño pie hasta que entró en la casa. Llevaba un vestido floreado y una cinta en el cabello, creo que fue la primera vez que sentí vergüenza por cómo me encontraba vestido, ya que tenía una pantalonetía muy sucia y una pelota de plástico. Estaba lleno de lodo porque la calle no era asfaltada y era tiempo de lluvia. Me quedé observando todo el movimiento por una hora, hasta que mi madre me llamó ese día. Luego, cada tarde regresaba con mi pelota y la pateaba cerca de su casa, yo la observaba por la ventana, ella siempre jugando con sus muñecas. Nunca salía de su casa y no me quedaba mas remedio que observarla por el mismo lugar todas las tardes. Así pasaron varios meses, ella siempre dentro de su hogar y yo repetía la misma rutina. Siempre tuve la esperanza de poder hablarle algún día, a pesar de que no se me daban las cosas muy bien con las chicas tomando en cuenta que aún era un niño. Por alguna extraña razón esa niña no era como las demás, a esa edad me daban asco pero ella no, ella hacía que dentro de mí naciera una curiosidad extraña, hasta que un día la vi en misa.”

El hizo una pausa y yo pensé lo siguiente: Ahora solo faltaba que me dijera algo relacionado con el Dios que venía a pintarme.  Pienso: ¡Que absurdo y ridículo se ve un sacerdote hablándome de mujeres!  Como si no supiéramos todos que se dedican a adorar a un hombre. Realmente no tenia idea de lo que por mi mente pasaba, sin duda alguna después de escuchar esa historia algo iba a cambiar, aunque en ese momento no tuviera la esperanza.

El prosiguió con su historia

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