El sacerdote después de un pequeño suspiro continuo:
“Como olvidar ese pequeño vestido rosa. He de aclararte para que no me tomes como pervertido que no era pequeño por el poco vestido si no por nuestros tamaños, apenas éramos unos adolecentes y yo ya estaba perdidamente enamorado de ella sin que me hablase. Pero ese día era un día especial. Al darnos el saludo de la paz sin querer tropezamos los dos, yo sin perder ni un segundo me levante deprisa para ayudarle a ella a levantarse; “Lo siento, ha sido culpa mía” le dije sonrojado, “Para nada creo que ha sido mía” dijo ella entre risas, (el sacerdote río al recordar tan bello momento para el). En ese instante sabía que algo bello iba a nacer.
Es muy interesante pensar en lo que el padre Dios te pone en el camino. Realmente ahora lo pienso y digo: ¿Cómo es posible que Dios, en su casa, haya hecho enamorarme de la única mujer en mi vida si me quería para ser un instrumento más en su reino? Es una pregunta que la respuesta solo el y yo la tendremos siempre. Pero bueno, siguiendo con esta pequeña historia.
Salimos y volvimos a encontrarnos fuera de la iglesia. ¿Tú eres el que vive a mi lado? ¡Que! ¿Estaba preguntándome algo? Pensé. La mente suele jugarte muy malas pasadas como esa porque era solo mi imaginación. Realmente no preguntaba nada, solo había una mirada profunda y lenta entre ella y yo. Ella dio el primer paso, sonrió, yo me quedé inerte preguntándome si era otra pasada de mi mente. ¿Y adivina? No lo era. Un “Hola” crudo y sin censura bastó para empezar la conversación. Yo parado sin creerlo (sonreía el sacerdote al contarlo) tardé un par de segundos en contestar. He de confesarte que sospecho que pensó que era un retardado por no contestar al instante. “Hola” dije yo y esta vez la pregunta salió de mis labios, “¿Eres tú la que vive al lado de mi casa? “ a lo que ella tan dulcemente contestó “Si, soy yo”. Ese es uno de los días que mejor recuerdo, claro, no fue una tan larga conversación ya que ella tenía que marcharse y yo también, con la única diferencia que ella iba en automóvil con sus padres y yo caminando, solo. A los pocos días la invité a un pequeño grupo de la iglesia a lo que ella aceptó. Sé que no hice muy bien en aferrarme de los mandatos de Dios para enamorar a una niña, pero era un pequeño e inocente que solo buscaba acercarse al amor de su vida.
Las cosas entre ella y yo iban haciéndose algo fuertes, habíamos avanzado mucho en una amistad buena y sana. Llegaba a jugar al patio de su casa, te confieso que algunas veces tuve que aceptar a jugar con muñecas, al fin y al cabo lo importante eran los momentos que juntos pasábamos. Poco a poco la amistad iba creciendo, pero increíblemente también crecían cosas con ese sentimiento. Llegaban momentos en los que no podíamos estar sin vernos, cuando ella iba de vacaciones con su familia, le echaba mucho de menos. Se que ella sentía lo mismo, lo sé porque lo confesó.
Pasaron los años, siempre juntos como dos grandes amigos. Ella partía, yo sufría. Ella regresaba y era mi alegría. Mi felicidad estaba junto a ella y la suya a mi lado. Paso mucho tiempo para darnos cuenta que éramos el uno para el otro.
Y como lo supondrás, llegó el día, 7 años depués. Ella sentada en una banca del parque leyendo, me gustaba verle leer. Yo llego de nuevo con un crudo y sin censura “Hola”, ella volteó y me regalo la más bella sonrisa. Ya todo estaba planificado, la tomé de la mano y me lleve a caminar por el bosque. Cada flor que encontraba en el camino iba cortándola y haciendo un ramo de diversos tipos de flores. Al llegar al centro del bosque, bajo de un arco hecho de guillas y ramas de los arboles de todo tipo, le declaré mi amor. Era el 8 de noviembre de ese año. Sufrí al ver su cara, tuve miedo a recibir un “no” como respuesta. Ella me vio tiernamente a los ojos y me dijo un bello y tierno “Si”. Mi corazón latía tan rápidamente que no pude controlarlo. Le tomé de la mano, acercamos nuestros rostros y con un beso fugaz empezó nuestro amorío.”
Los ojos del sacerdote se llenaron de lágrimas al recordar esa parte de su historia. Empezaba a pensar que para él esa mujer había sido de gran valor en su vida y no solo eso, yo empezaba a identificarme con ese hombre. Tontamente pensaba “Seguramente lo traicionó para tomar la decisión de volverse sacerdote”, tontamente pensaba eso.
Este hombre que tenía delante de mí había sido alguien como yo. Él también se había enamorado, nadie cuenta una historia con tanto sentimiento si no lo ha vivido. Por fin en tanto tiempo empezaba a pensar que no era el único, aunque sabiendo que muchas personas más pasaban por algo como lo que yo había pasado, no dejaba de doler.
Se secó los ojos con su pañuelo y suspirando empezó de nuevo.
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