Esto fue lo que sucedió, hoy 30 de noviembre de 1998. Parado a las 6 de la tarde en el lugar en cual nos dimos nuestro primer beso. Observando, sin nada más que hacer, como el amor de mi vida desaparecía junto con el atardecer de esta maldita tarde. El miedo era el único dueño de mi cuerpo, di mi mente y de mi corazón. ¿Ahora qué? No había ninguna razón más dentro de mí por la cual pudiera luchar ¿De qué servía? Absolutamente de nada. Ella se marchaba con mis sueños, mis metas y mis ambiciones dentro de su maleta, las llevaba para perderse junto a ella. Sin percatarme de lo que sucedía, llegué a la conclusión de que estaba de rodillas y cabizbajo, no entendí en qué momento le rogué que no se marchara. De mis ojos brotaban ríos de lágrimas, a unos cuantos pasos un cofre hecho pedazos y a escasos centímetros del mismo un anillo de compromiso. ¿Dónde está ahora Dios si es que existe? ¿Dónde quedaron las peticiones de mi madre a la Virgen? ¿Dónde están? Me han dejado solo cuando más los necesitaba. ¡Sólo quería tenerla a mi lado por el resto de mi vida! ¡Sólo quería hacerla feliz! ¿Ahora que sigue? Nada, absolutamente nada.
El sol se escondió y detrás de él se escondieron mis esperanzas de un mundo mejor. Pasaron una, dos, tres horas, yo seguía en el mismo lugar lamentando sobre lo que pudiera haber pasado y fumando como un degenerado que busca una explicación a algo que nunca existió. Luego de 20 minutos más tarde, logré recapacitar y pensar en la única persona que me quedaba y por quien debía de dejar de humillarme ante nadie, mi madre. Limpié mi pantalón y me dirigí hasta el auto. Encendí el motor y esta vez apague el radio. Comencé a manejar sin parar de llorar. Manejé a una velocidad de 120 kph por los siguientes dos kilómetros de la carretera. ¡Un árbol! Ese fue mi último recuerdo.
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