Lágrimas de un ángel

Todo empezó esa tarde, una historia como cualquiera que sea de sentimientos entre un chico y una chica, nada extraordinario y poco común. El chico muy tímido, ella no tanto. El la vio en la biblioteca, era la primera vez que ella estaba en dicho lugar, lo curioso, en la mesa que el joven visitaba todos los días para leer aquel libro que no alcancé nunca a ver el nombre. Esa tarde él muy extrañado de que alguien ocupara aquel lugar, nunca nadie se sentaba por esa esquina ya que era muy fría para cualquier chico que buscara leer, sin embargo a él no le importaba mucho el frío mientras pudiera estar tranquilo con la única cosa que el apreciaba, su libro. Entonces sucedió algo que solo Dios sabe cómo se llama, destino, suerte o algo mucho más fuerte.

Puede ser que Dios haya puesto su mano justo aquella tarde en esa vieja y triste esquina, ¿para qué? Yo solo soy un ángel que no puede saber ni sabe para qué. El se acercó a ella y vi una hermosa sonrisa que alumbró dos ojos marrones, supe que ese momento era especial porque sentí un latido extraño en el corazón de aquel chico por lo que no pude resistir acercarme para saber qué pasaba. El se acercó extrañado y nervioso, ella vuelve a sonreír haciendo que mi corazón también latiera. He de aceptar que también nosotros podemos sentir algo por una persona, no solo a los humanos les dio Dios la divinidad del amor, a nosotros también y de una manera especial que nos hace sentir amor por todos.

Al ver esa sonrisa supe que Dios había sido cómplice de algo muy hermoso, un sentimiento puro de amor y lealtad. Vuelo al rededor de ellos siempre observándolos de cerca y agudizando mis sentidos para no perderme detalle del encuentro. El saca de su boca un tímido "Hola", ella una risita muy cálida acompañada de una pequeña disculpa por invadir su viejo, vacío y frío lugar. "Te he visto días atrás, tú siempre acá tan solo y hoy quise acompañarte" dijo la chica con una voz muy dulce. Él se sonroja y me imagino que ha de haber pensado que había sido observado y él ni cuenta jamás se había dado. Él muy ruborizado dice su nombre, como todo un caballero se presenta primero. Ella de nuevo sonríe enamorándonos de nuevo a los dos (he de decirlo) y se presenta; "María, mi nombre es María. Lo ha decidido mi madre".

Fue entonces en ese preciso momento donde vi que aquel joven ya no tomaba muy fuerte aquel libro en el que se había aferrado tanto durante todas las veces que se acercaba por esa vieja esquina, algo era distinto, algo había sido cómplice de que él soltara su más preciada pertenencia. Supe que la chica era la culpable de que la persona a quien guiaba fuera libre por un momento, ese libro siempre había sido lo único para él, su única compañía. Sabía con certeza que lo había leído tantas veces que hasta hizo que se me olvidara cuantas habían sido ya, ese libro era lo único que lo aferraba con el triste recuerdo de su ya fallecida madre. El sol se ocultó y con él llego el momento de decir adiós.

Se despidieron y sé que ha sido una despedida muy difícil. Yo seguí al chico, después de mucho lo había escuchado cantar, al llegar a su casa tomó la foto de su madre y le contó sobre ella, repetía una y otra vez lo lindo que era verla sonreír. Al siguiente día tomó todo de nuevo con su mismo rumbo, la vieja esquina de la biblioteca. Al llegar ella de nuevo lo esperaba. Así fue un día tras otro, él muriendo de las ganas de verla cada tarde hasta el atardecer. Así fue un día tras otro, él era feliz cada tarde y desdichado los fines de semana en los cuales la biblioteca se mantenía cerrada. He sido feliz con la felicidad de este pequeño, me regocijaba cada vez que lo veía con aquellos ojos llenos de ilusión y encanto, yo era feliz con él.

Pero un día ella no llego, el la esperó y ella no apareció. Tomo una hoja junto con un lápiz y escribió el siguiente poema:

Y cada tarde que ella llegaba a dejar flores en aquella pileta situada junto a la virgen, yo me escondía detrás del muro de piedra, observándola por aquella vieja grieta que atravesaba el muro.

Ella siempre tan linda, tan bella, tan radiante. Yo siempre escondido, tan miedoso, tan cobarde.

Tan cobarde de mi, tan miedoso de ella, siendo ella la causa de mis risas, ella la razón de mi ilusión, ella y solo ella el motivo de mi inspiración.

Ella se agacha con su vasija a tomar el agua. Yo la observo, con ternura lo acepto, sin salir detrás del muro que me resguarda.

Ella voltea, yo me escondo, entre la grieta muy poco puede ver. Ella sonriendo, yo me enamoro, más que al verla bajo la luz de la luna de ayer.”

Se marchó muy triste esa tarde, siempre con la esperanza de verle de nuevo a siguiente día. Llegó a su casa, esa noche no le habló a la fotografía de su madre, recuerdo que se recostó en su cama, vio por la ventana y le pidió a la luna que le permitiera verla al siguiente día.

La luna conspira cuando los sentimientos son puros y verdaderos. Al siguiente día al ella ocultarse le pide el sol que con su nueva luz lleve consigo todas aquellas esperanzas de los desdichados que se acercaron a ella la noche anterior.

Ese día vamos los dos muy apresurados a esa esquina nuevamente, entramos a la biblioteca con la esperanza de que las suplicas hayan sido escuchadas. Al cruzar el último estante de libros, ella estaba sentada en ese frío lugar. Nuestros corazones brincaron de alegría y emoción. Al llegar él sacó de su viejo pantalón un papel arrugado con el poema escrito el día anterior, lo extiende y se lo entrega en sus manos. Él dice: “Ayer fue el peor día de mi vida, no te encontré aquí y no supe dónde estabas. He sido ese niño detrás del muro de piedra siempre escondiendo los sentimientos hacia a ti pero no quiero que esto siga así. Quiero tenerte conmigo, ver tu sonrisa cada día, ser quien te haga sonreír aunque no sea el momento de risas pero me he enamorado desde esa tarde que te vi en este lugar. No quiero no verte, quiero estar contigo” veo que de los ojos de ella brotan lagrimas, se me parte el alma verlo. Ella responde: “Vengo a despedirme, es hora de marcharme”.

Fue muy duro ser parte de eso. Pero Dios puso su mano en ese lugar para; para curar un corazón antes de llamar a alguien a su lado. El chico decide dejarlo todo y toma camino con ella. Suben a un tren y ella le cuenta la razón por la cual debe marcharse. Promete que pronto lo acompañará de vuelta a que pueda despedirse de todos, en ese momento no había tiempo para nada. El planea que a donde vayan lo primero que haría es buscar empleo, cuando un ruido que dejó sordo a todos los ocupantes. Alguna falla mecánica o humana, no sé. El tren pierde el rumbo y los vagones se estrellan unos con otros. Hice todo lo posible por salvarlos, pero no estuvo en mis manos, sus cuerpos salieron disparados por una de las ventanas de los vagones. Ellos dos, esos chicos de aquella esquina fría y oscura, los dos tirados en aquel suelo lleno de cuerpos sin vida. Veo al cielo y no me lo explico, pero Dios tiene planes perfectos. Vuelo de nuevo junto a ellos, los dos juntos, tan cerca. Mis ojos brotan lágrimas a verlos, si los ángeles también lloramos al ver cuando el humano que nos fue encomendado muere. El acerca sus labios a los de ella, le da un beso y diciéndole Te amo da un último suspiro.

Todo terminó allí, fue una bella historia de amor tan llena de sentimientos, tan leal y tan pura. Perdonen por ser tan cruel porque todo haya terminado así, pero no es una triste historia, en el cielo Dios les dio un lugar a los dos donde se sientan todas las tardes en una esquina a leer un libro y escribir un poema.

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